martes, 5 de diciembre de 2006

La diferencia entre materialismo e idealismo

Ni somos capaces de aglutinar en una alternativa común nuestras dispersas fuerzas, ni somos capaces de superar el dogmatismo y el sectarismo en aras de la eficacia práctica de nuestros objetivos, ni sabemos motivar e ilusionar con nuestras propuestas al sujeto histórico...
Javier Caso Iglesias (Publicado en Kaos en la Red el 05.06.2006)

Podemos decir, siguiendo a Engels, que la diferencia entre materialismo e idealismo está:

1.- El idealismo se diferencia del materialismo en que el idealismo persigue fines ideales que carecen de verdad empírica.

2.- El materialismo verifica en la práctica; por tanto refuta, por la experimentación en la realidad, todo tipo de extravagancia teórica.

Si extrapolamos esta acertada interpretación de Engels sobre idealismo y materialismo a la realidad vigente y en concreto al análisis sobre las tendencias de la actual izquierda transformadora (la izquierda a la izquierda del PSOE) en nuestro país, obtendremos un resultado que no nos debe de sorprender: esta izquierda transformadora es, evidentemente y en su totalidad, idealista, pues carece de verdad empírica; y esto por no refutar, a través de la experimentación en la realidad, sus extravagancias teóricas.

Y para demostrar que es idealista por carecer de verdad empírica, nada mejor que la redundancia de remitirnos a los hechos: Ni somos capaces de aglutinar en una alternativa común nuestras dispersas fuerzas, ni somos capaces de superar el dogmatismo y el sectarismo en aras de la eficacia práctica de nuestros objetivos, ni sabemos motivar e ilusionar con nuestras propuestas al sujeto histórico propulsor de avance de nuestras posiciones, ni sabemos diferenciar entre estrategia y táctica, ni siquiera sabemos distinguir cual es el objeto del socialismo científico y cuales sus métodos.

Toda esta evidencia nos lleva a la realidad, verdaderamente empírica, que padecemos: Carecemos de la mínima representación social, sindical, política e institucional que nos legitime, y consecuencia de ello no incidimos, no dejamos nuestra impronta en ningún ámbito; y la mayor de todas ellas, el sistema capitalista que decimos combatir, gracias a estas prácticas que nos caracterizan, goza de una inmejorable salud.

Así que nosotros mismos, o seguimos como hasta ahora siendo unos transformadores de la nada, o nos aplicamos el método dialéctico y nos esforzamos por alcanzar el objeto que al socialismo científico le es propio: dar el mayor impulso al desarrollo de las fuerzas productivas, en definitiva, acelerar el progreso de la vida material.

Si dudáis que esto sea así, resuélvase la incertidumbre en la práctica. Elabórese un programa unitario que potencie decididamente el progreso de las fuerzas productivas, un programa que incluya el desarrollo de todos los sectores productivos al amparo de los avances científico-técnicos alcanzados por nuestra sociedad; y veréis como ni la clase obrera, ni los trabajadores, ni los estudiantes, ni las clases populares nos niegan su apoyo entusiasta y decidido.

Cual es la razón que, en un momento histórico determinado, hace a la izquierda transformadora cambiar su objetivo y tendencia al impulso de las fuerzas productivas, por el extraño y ajeno a nosotros de la cultura del subsidio, que no es otra cosa que la cultura de la beneficencia que los pequeño-burgueses ejercían para lavar su sucia conciencia; pues sencillamente, el haber renunciado al control de los medios de producción.

Si renunciamos al control de los medios de producción, si renunciamos a su planificación y a su supeditación al servicio de la vida material, si renunciamos a la cabida de todos en el sistema productivo, para así dejarlo en manos de unos pocos que extraen de él un provecho individual, estamos renunciando a nuestra esencia, no solo como socialistas científicos, sino como seres humanos; estamos dejando que lo irracional, la decadencia y la muerte se apodere de algo que pertenece a la vida, a nuestra naturaleza inherente e innata como seres humanos.

En fin, nosotros mismos hemos de decidir entre socialismo científico -esto es, aquel cuyo objeto es el desarrollo decidido de las fuerzas productivas, de la vida material en su totalidad; empleando para ello como método las leyes generales de la dialéctica- o dejar la situación, como ocurre en la actualidad, en manos de la barbarie.

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Materialismo versus Idealismo en el pasado y en la hora presente. Interpretando a Federico Engels
Javier Caso Iglesias (Ateneo Valeriano Orobón Fernández) [2006-06-05 17:28:19]

Materialismo versus Idealismo

Federico Engels escribió en 1886 un admirable texto titulado: Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. En el citado texto se plantea el problema de la relación entre el pensar y el ser, entre el espíritu y la naturaleza; manifestando Engels que, además, el problema de la relación entre el pensar y el ser encierra otro aspecto, a saber: ¿Qué relación guardan nuestros pensamientos acerca del mundo que nos rodea con este mismo mundo? ¿Es nuestro pensamiento capaz de conocer el mundo real; podemos nosotros en nuestras ideas y conceptos acerca del mundo real, formarnos una imagen refleja exacta de la realidad?

Continúa Engels diciendo que, en el lenguaje filosófico, esta pregunta se conoce con el nombre de problema de la identidad entre el pensar y el ser y que es contestada afirmativamente por la gran mayoría de los filósofos, pero que, al lado de estos, hay otra serie de filósofos que niegan la posibilidad de conocer el mundo, o, por lo menos, conocerlo de un modo completo.

Resolviendo Engels que la refutación más contundente de estas extravagancias, como de todas las demás extravagancias filosóficas, es la práctica, o sea, el experimento y la industria. Demostraremos, dice, la exactitud de nuestro modo de concebir un proceso natural si podemos reproducirlo nosotros mismos, creándolo como resultado de sus mismas condiciones, y si, además, lo ponemos al servicio de nuestros propios fines.

Alega Engels esta evidencia con los siguientes ejemplos: Las sustancias químicas producidas en el mundo vegetal y animal siguieron siendo cosas inaprensibles hasta que la química orgánica comenzó a producirlas unas tras otras; con ello, la cosa inaprensible se convirtió en una cosa para nosotros. Así también el sistema solar de Copérnico fue durante trescientos años una hipótesis, hasta que Leverrier, con los datos tomados de este sistema, no sólo demostró que debía existir necesariamente un planeta desconocido hasta entonces, sino que, además, determinó el lugar en que este planeta tenía que encontrarse en el firmamento, y cuando después Galle descubrió efectivamente este planeta, el sistema de Copérnico quedó demostrado.

Sobre la base de la anterior reflexión llega Engels al análisis de la trayectoria de Feuerbach, del que dice que es un hegeliano -nunca del todo ortodoxo- que marcha hacia el materialismo; trayectoria que, al llegar a una determinada fase, supone una ruptura total con el sistema idealista de su predecesor.

Observa Engels que a Feuerbach le gana con fuerza irresistible la convicción de que la existencia de la "idea absoluta" anterior al mundo, que preconiza Hegel, la "preexistencia de las categorías lógicas" antes que hubiese un mundo, no es más que un residuo fantástico de la fe en un creador ultramundano; de que el mundo material y perceptible por los sentidos, del que formamos parte también los hombres, es lo único real y de que nuestra conciencia y nuestro pensamiento, por muy trascendentes que parezcan, son el producto de un órgano material, físico: el cerebro. La materia no es un producto del espíritu: el espíritu mismo no es más que el producto supremo de la materia. Esto es, naturalmente, materialismo puro.

A continuación, en este texto sobre Ludwig Feuerbach, nos presenta y define Engels el materialismo en contraposición con el idealismo. Esto lo plasma como sigue:

En primer lugar, el idealismo no significa más que la persecución de fines ideales. Nadie ha criticado con más dureza el impotente "imperativo categórico" de Kant -impotente, porque pide lo imposible y, por tanto, nunca llega a traducirse en nada real-, nadie se ha burlado con mayor crueldad de ese fanatismo de filisteo por ideales irrealizables, a que ha servido de vehículo Schiller, como precisamente, Hegel, el idealista consumado.

En segundo lugar, no se puede en modo alguno evitar que todo cuanto mueve al hombre tenga que pasar necesariamente por su cabeza: hasta el comer y el beber, procesos que comienzan por la sensación de hambre y sed, sentida con la cabeza, y terminan en la sensación de saciedad, sentida también con la cabeza. Las impresiones que el mundo exterior produce sobre el hombre se expresan en su cabeza, se reflejan en ella bajo la forma de sentimientos, de pensamientos, de impulsos, de actos de voluntad; en una palabra, de "corrientes ideales", convirtiéndose en "factores ideales" bajo esta forma. Y si el hecho de que un hombre se deje llevar por estas "corrientes ideales" y permita que los "factores ideales" influyan en él, si este hecho le convierte en idealista, todo hombre de desarrollo relativamente normal será un idealista innato, ¿de dónde van a salir, entonces, los materialistas?

En tercer lugar, la convicción de que la humanidad, al menos actualmente, se mueve a grandes rasgos en un sentido progresivo no tiene nada que ver con la antítesis de materialismo e idealismo. Los materialistas franceses abrigaban esa convicción hasta un grado fanático, no menos que los deístas, Voltaire y Rousseau, llegando por ella, no pocas veces, a los mayores sacrificios personales. Si alguien ha consagrado toda su vida a la "pasión por la verdad y la justicia" -tomando la frase en el buen sentido- ha sido, por ejemplo, Diderot. Por tanto, cuando Starcke clasifica todo esto como idealismo, con ello sólo demuestra que la palabra materialismo y toda la antítesis entre ambas tendencias perdieron para él todo sentido.

Como conclusión podemos decir, siguiendo a Engels, que la diferencia entre materialismo e idealismo está:
1.- El idealismo se diferencia del materialismo en que el idealismo persigue fines ideales que carecen de verdad empírica.
2.- El materialismo verifica en la práctica; por tanto refuta, por la experimentación en la realidad, todo tipo de extravagancia teórica.

Si extrapolamos esta acertada interpretación de Engels sobre idealismo y materialismo a la realidad vigente y en concreto al análisis sobre las tendencias de la actual izquierda transformadora (la izquierda a la izquierda del PSOE) en nuestro país, obtendremos un resultado que no nos debe de sorprender: esta izquierda transformadora es, evidentemente y en su totalidad, idealista, pues carece de verdad empírica; y esto por no refutar, a través de la experimentación en la realidad, sus extravagancias teóricas.

Y para demostrar que es idealista por carecer de verdad empírica, nada mejor que la redundancia de remitirnos a los hechos: Ni somos capaces de aglutinar en una alternativa común nuestras dispersas fuerzas, ni somos capaces de superar el dogmatismo y el sectarismo en aras de la eficacia práctica de nuestros objetivos, ni sabemos motivar e ilusionar con nuestras propuestas al sujeto histórico propulsor de avance de nuestras posiciones, ni sabemos diferenciar entre estrategia y táctica, ni siquiera sabemos distinguir cual es el objeto del socialismo científico y cuales sus métodos.

Toda esta evidencia nos lleva a la realidad, verdaderamente empírica, que padecemos: Carecemos de la mínima representación social, sindical, política e institucional que nos legitime, y consecuencia de ello no incidimos, no dejamos nuestra impronta en ningún ámbito; y la mayor de todas ellas, el sistema capitalista que decimos combatir, gracias a estas prácticas que nos caracterizan, goza de una inmejorable salud.

Así que nosotros mismos, o seguimos como hasta ahora siendo unos transformadores de la nada, o nos aplicamos el método dialéctico y nos esforzamos por alcanzar el objeto que al socialismo científico le es propio: dar el mayor impulso al desarrollo de las fuerzas productivas, en definitiva, acelerar el progreso de la vida material.

Si dudáis que esto sea así, resuélvase la incertidumbre en la práctica. Elabórese un programa unitario que potencie decididamente el progreso de las fuerzas productivas, un programa que incluya el desarrollo de todos los sectores productivos al amparo de los avances científico-técnicos alcanzados por nuestra sociedad; y veréis como ni la clase obrera, ni los trabajadores, ni los estudiantes, ni las clases populares nos niegan su apoyo entusiasta y decidido.

Cual es la razón que, en un momento histórico determinado, hace a la izquierda transformadora cambiar su objetivo y tendencia al impulso de las fuerzas productivas, por el extraño y ajeno a nosotros de la cultura del subsidio, que no es otra cosa que la cultura de la beneficencia que los pequeño-burgueses ejercían para lavar su sucia conciencia; pues sencillamente, el haber renunciado al control de los medios de producción.

Si renunciamos al control de los medios de producción, si renunciamos a su planificación y a su supeditación al servicio de la vida material, si renunciamos a la cabida de todos en el sistema productivo, para así dejarlo en manos de unos pocos que extraen de él un provecho individual, estamos renunciando a nuestra esencia, no solo como socialistas científicos, sino como seres humanos; estamos dejando que lo irracional, la decadencia y la muerte se apodere de algo que pertenece a la vida, a nuestra naturaleza inherente e innata como seres humanos.

En fin, nosotros mismos hemos de decidir entre socialismo científico -esto es, aquel cuyo objeto es el desarrollo decidido de las fuerzas productivas, de la vida material en su totalidad; empleando para ello como método las leyes generales de la dialéctica- o dejar la situación, como ocurre en la actualidad, en manos de la barbarie.

Para ello, y como afirmara Gransci:
"Instrúyanse, porque necesitaremos toda nuestra inteligencia...
Conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo..
y Organícense, porque necesitaremos de toda nuestra fuerza"

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