viernes, 1 de diciembre de 2006

El entronque del materialismo y del humanismo real con el socialismo científico y la cuestión de la práctica.

El entronque del materialismo y del humanismo real con el socialismo científico y la cuestión de la práctica.
Javier Caso Iglesias (Ateneo Valeriano Orobón Fernández) [19.06.2006 08:58] - 514 lecturas - 1 comentarios Artículo/noticia publicado/a en Kaosenlared.net en el apartado de Libre Publicación NO seleccionada por el Kolectivo Editorial

El entronque del materialismo y del humanismo real con el socialismo científico y la cuestión de la práctica.

Existen dos soberbias y admirables obras de Marx y Engels, escritas en el año 1845, que demuestran lo adelantado del pensamiento de estos dos magníficos autores no solo al siglo en el que vivieron, sino al que les sucedió; siendo ahora, en este siglo XXI, y gracias al avance de la ciencia y de las fuerzas productivas, cuando se los empieza a comprender en toda su extensión; esto no es algo inusual, pues suele ocurrir con todos aquellos grandes pensadores de altura con los que la naturaleza y la historia han regalado a la humanidad.

Estas obras a las que hago referencia son: La Sagrada familia y las Tesis de Feuerbach. En ellas se nos indican verdades que empíricamente y a lo largo de la historia vamos demostrando y aprehendiendo, como las que en la siguiente paráfrasis de los textos citados se muestran, esto es:

No hace falta tener una gran perspicacia para darse cuenta del necesario entronque que guardan con el socialismo y el comunismo las doctrinas materialistas sobre la bondad originaria y la capacidad intelectiva igual de los hombres, sobre la fuerza todopoderosa de la experiencia, el hábito, la educación, la influencia de las circunstancias externas sobre el hombre, la alta importancia de la industria, la legitimidad del goce, etc. Si el hombre forma todos sus conocimientos, sus sensaciones, etc., a base del mundo de los sentidos y de la experiencia dentro de este mundo, de lo que se trata es, consiguientemente, de organizar el mundo empírico de tal modo que el hombre experimente y se asimile en él lo verdaderamente humano, que se experimente a sí mismo en cuanto hombre: Si el interés bien entendido es el principio de toda moral, lo que importa es que el interés privado del hombre coincida con el interés humano.

Si el hombre no goza de libertad en sentirlo materialista, es decir, si es libre, no por la fuerza negativa de poder evitar esto y aquello sino por el poder positivo de hacer valer su verdadera individualidad, no deberán castigarse los crímenes en el individuo, sino destruir las raíces antisociales del crimen y dar a cada cual el margen social necesario para exteriorizar de un modo esencial su vida.

Si el hombre es formado por las circunstancias, será necesario formar las circunstancias humanamente. Si el hombre es social por naturaleza, desarrolla su verdadera naturaleza en el seno de la sociedad y solamente allí, razón por la cual debemos medir el poder de su naturaleza no por el poder del individuo concreto, sino por el poder de la sociedad.

Estas tesis y otras parecidas las encontramos casi al píe de la letra ya en los materialistas franceses más antiguos... Los comunistas franceses más científicos, Dézamy, Gay y otros, desarrollan, al igual que Owen. la doctrina del materialismo como la teoría del humanismo real y la base lógica del comunismo.

La falla fundamental de todo el materialismo precedente (incluyendo el de Feuerbach) reside en que sólo capta la realidad, lo sensible, de un modo subjetivo, y no como actividad humana sensorial, no como práctica. De ahí que Feuerbach no comprenda la importancia de la actividad "revolucionaria", de la actividad "crítico-práctica".

El problema de si puede atribuirse al pensamiento humano una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa en torno a la realidad o irrealidad del pensamiento -aislado de la práctica- es un problema puramente escolástico.

La teoría materialista del cambio de las circunstancias y de la educación no debe de olvidar que las circunstancias las hacen cambiar los hombres y que el educador necesita, a su vez, ser educado.

La coincidencia del cambio de las circunstancias con el de la actividad humana o cambio de los hombres mismos, sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.

Feuerbach no concibe lo sensorial como actividad sensorial-humana práctica.

Toda la vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que inducen a la teoría al misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica.

Lo más a que puede llegar el materialismo contemplativo, es decir, el que no concibe lo sensorial como una actividad práctica, es a contemplar a los diversos individuos sueltos y a la sociedad civil.

El punto de vista del materialismo antiguo es la sociedad civil; el del materialismo moderno, la sociedad humana o la humanidad social.

La comprensión del total error por inversión del anterior idealismo alemán llevó necesariamente al materialismo, pero, cosa digna de observarse, no al materialismo meramente metafísico y exclusivamente mecanicista del siglo XVIII. Frente a la simplista recusación ingenuamente revolucionaria de toda la historia anterior, el moderno materialismo ve en la historia el proceso de evolución de la humanidad, descubrir las leyes de cuyo movimiento es su tarea.

Frente a la concepción de la naturaleza como un todo inmutable de cuerpos celestes que se mueven en estrechas órbitas, como había enseñado Newton, y de inmutables especies de seres orgánicos, como lo había enseñado Linneo, el actual materialismo reúne los nuevos progresos de la ciencia de la naturaleza, según los cuales también la naturaleza tiene su historia en el tiempo, los cuerpos celestes y las especies de organismos, que los habitan cuando las circunstancias son favorables, nacen y perecen, y los ciclos y órbitas, cuando de verdad existen, tienen dimensiones infinitamente más gigantescas. En los dos casos es este materialismo sencillamente dialéctico, y no necesita filosofía alguna que esté por encima de las demás ciencias.

Desde el momento en que se presenta a cada ciencia la exigencia de ponerse en claro acerca de su posición en la conexión total de las cosas y del conocimiento de las cosas, se hace precisamente superflua toda ciencia de la conexión total. De toda la anterior filosofía no subsiste al final con independencia más que la doctrina del pensamiento y de sus leyes, la lógica formal y la dialéctica. Todo lo demás queda absorbido por la ciencia positiva de la naturaleza y de la historia.

Los esquemas lógicos no pueden referirse sino a formas de pensamiento; pero aquí no se trata sino de las formas del ser, del mundo externo, y el pensamiento no puede jamás obtener e inferir esas formas de sí mismo, sino sólo del mundo externo. Con lo qué se invierte enteramente la situación: los principios no son el punto de partida de la investigación, sino su resultado final, y no se aplican a la naturaleza y a la historia humana sino que se abstraen de ellas, no es la naturaleza ni el reino del hombre los que se rigen según los principios, sino que éstos son correctos en la medida en que concuerdan con la naturaleza y con la historia. Esta es la única concepción materialista del asunto.

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